Las comunidades indígenas y locales no son actores secundarios en la conservación de la biodiversidad, sino agentes decisivos que protegen ya el medio natural en todo el planeta. Sus saberes ancestrales y prácticas de custodia ambiental —a menudo invisibles y desconocidos por el mundo académico y político— son imprescindibles para diseñar estrategias más efectivas e inclusivas que permitan sostener la biodiversidad e impulsar un futuro más justo y sostenible.
Estas son algunas conclusiones de un artículo publicado en la revista BioScience y dirigido por Giulia Mattalia, del Laboratorio de Botánica de la Facultad de Farmacia y Ciencias de la Alimentación de la Universidad de Barcelona, unidad asociada al CSIC, e Irene Teixidor Toneu, del Instituto Mediterráneo de Biodiversidad y Ecología Marina y Continental de Francia. Han participado expertos de la Universidad de Addis Ababa (Etiopía), la Universidad de Victoria (Canadá), la Pontificia Universidad Católica de Chile (Chile), la Universidad Tribhuvan (Nepal) y la Universidad de Turku (Finlandia), entre otras instituciones.
El trabajo indica que el fortalecimiento de las prácticas de gestión indígenas y locales dentro de los marcos científicos y políticos de conservación de la biodiversidad podría contribuir a una conservación más eficaz e inclusiva. «Esto permitiría superar la conservación según modelos coloniales, que ignoran los usos y prácticas tradicionales sostenibles en áreas protegidas», detalla la profesora Giulia Mattalia, que ha desarrollado esta investigación también en el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales (ICTA-UAB) y en el Jardín Botánico de Nueva York.
«Es esencial fomentar políticas que consideren que los custodios de la biodiversidad son tan importantes como la propia biodiversidad, lo que facilitaría que los beneficios de la custodia se evaluaran desde la perspectiva de quien la realiza», indica la investigadora. «Hay evidencia científica de que este cambio de paradigma en conservación de la biodiversidad es positivo para la naturaleza, como muestra el nuestro y otros muchos artículos, y, además, contribuye a la justicia social y a la descolonización de las estrategias de conservación», añade la profesora Irene Teixidor Toneu.
Por una conservación más eficaz e inclusiva
Cada práctica de custodia ambiental es una expresión de las relaciones recíprocas de las personas y el medio natural, en conexión directa con la identidad cultural y las distintas visiones del mundo. «Muchas de estas prácticas existen desde hace cientos de años y contribuyen a mantener paisajes de alto valor natural y cultural», precisa Teixidor.
El trabajo presenta un marco conceptual innovador que identifica prácticas de gestión medioambiental en diferentes puntos del planeta —desde Ecuador hasta Suiza, de Nepal a Canadá— estructuradas en tres niveles de organización ecológica: la especie objetivo (poblaciones), los conjuntos de especies (comunidades) y los ecosistemas o paisajes. Este marco se ilustra mediante una exhaustiva revisión de la literatura científica sobre especies culturales clave, con un alto valor ecológico y antropológico en diversas sociedades.
El estudio, que revisa 242 artículos científicos, ha identificado 343 informes de prácticas de gestión dirigidas a casi mil especies culturales clave, junto con 1.652 informes sobre las contribuciones de estas especies a las personas. «Este estudio es la primera revisión sobre estas prácticas a escala global», explica Teixidor.
El nuevo marco presentado en el estudio ofrece una clasificación exhaustiva y coherente «que permite comparar las prácticas a diferentes escalas, a diferencia de otras referencias anteriores, que a menudo se limitaban a taxones específicos, ecosistemas concretos o grupos sociales reducidos», detalla Mattalia.
«Este marco —continúa— nos permite identificar y clasificar los impactos intencionales y los efectos colaterales positivos sobre el sistema socioecológico más amplio. Además, el lenguaje compartido para la cogestión ambiental facilita el diálogo entre las comunidades locales e indígenas, científicos y gestores de la conservación».
Asimismo, este marco de trabajo flexible reconoce «que las acciones biofísicas están estrechamente vinculadas a dimensiones espirituales, sociales y políticas», apunta la investigadora.
Cómo proteger las especies de alto valor cultural
El trabajo revela que prácticas como la quema controlada, la translocación, la cosecha selectiva o la modificación del hábitat no solo sustentan especies culturalmente vitales, sino que se transmiten a través de sistemas socioecológicos más amplios.
La investigación se ilustra con casos emblemáticos de prácticas de gestión de especies conectadas con especies culturales clave. Por ejemplo, la comunidad huancavilca —una cultura precolombina de la costa ecuatoriana— y la tagua (Phytelephas aequatorialis), en un entorno amenazado por la deforestación y la sobreexplotación forestal; los haida de Canadá y el molusco Haliotis kamtschatkana, que sufre los efectos de la sobreexplotación, la caza furtiva y el cambio climático, o la cultura chepang y el Diploknema butyracea, el árbol de la mantequilla nepalí, conectado al corazón del continente asiático y afectado por las fluctuaciones del mercado.
Estas especies de alto valor cultural también están hoy amenazadas. «Para protegerlas, debería centrarse la conservación no solo en la especie, sino en el mantenimiento de la relación de cuidado mutuo entre las comunidades y las especies culturales clave», indica Mattalia.
Un lenguaje compartido entre diferentes disciplinas
Superar la invisibilidad académica de las estrategias de custodia ambiental ha sido uno de los grandes obstáculos de la investigación. «Muchas prácticas han sido invisibles para los académicos debido al paradigma de la naturaleza virgen (wilderness), una visión eurocéntrica que ignora cómo los humanos han modelado los paisajes durante milenios. Además, la epistemología dicotómica naturaleza-gente (positivista y occidental) ha mantenido una distinción rígida entre humanos y naturaleza, lo que dificulta la comprensión de las relaciones de reciprocidad», indica Mattalia. «Finalmente, la falta de terminología común también ha dificultado la identificación y comparación de las prácticas en los estudios previos».
Hoy en día, las prácticas de gestión todavía no están suficientemente reconocidas en instrumentos como el Marco mundial de biodiversidad de Kunming-Montreal, y este es un objetivo que debería lograrse en el futuro para asegurar una gobernanza equitativa. Para incorporar las prácticas de custodia ambiental a una escala más amplia en beneficio de todo el planeta, sería importante adoptar enfoques transdisciplinares mediante múltiples sistemas de valores (instrumentales, intrínsecos y relacionales) en la toma de decisiones políticas, reflejando las visiones holísticas de las comunidades.
«Un enfoque transdisciplinar implica trabajar conjuntamente y desde el respeto con las personas que practican la custodia ambiental, que mantienen los conocimientos y relaciones con la biodiversidad», explica Teixidor.
El equipo también propone aplicar la escalabilidad de los resultados locales utilizando el marco conceptual propuesto, como herramienta para analizar y potenciar los resultados positivos de la custodia local a escala global. Por último, considerar estas prácticas es dar un paso para respetar y valorar a las personas que las llevan a cabo.
Regions: Europe, Spain, Finland, France, Switzerland, Latin America, Chile, Ecuador, Asia, Nepal
Keywords: Health, Environmental health, Science, Agriculture & fishing, Climate change, Environment - science, Life Sciences