Un estudio liderado por la Universidad de Málaga ha puesto de manifiesto que los brotes de enfermedad por el virus del Ébola no se distribuyen al azar en el tiempo, sino que su aparición está relacionada con determinados patrones climáticos a gran escala, incluso con oscilaciones que se producen en regiones situadas a miles de kilómetros de África Central, donde, actualmente, padecen una
epidemia de esta enfermedad, que puede ser mortal.
El equipo científico, del que también forman parte el Instituto Español de Oceanografía, la Universidad Metropolitana de Manchester y el Centro para la Investigación Forestal Internacional, denomina a estos vínculos “teleconexiones climáticas” y aboga por su análisis como “pista” para poder anticipar dónde y cuándo aumenta el riesgo de Ébola.
Según el último reporte del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) de la República Democrática del Congo, con datos recabados hasta el 26 de septiembre, en esta última epidemia, que comenzó en mayo, ya se han registrado más de 8.000 infecciones confirmadas, incluyendo 3.901 fallecimientos, con una tasa de letalidad de cerca del 50 por ciento.
Este nuevo hallazgo, conseguido tras recabar información sobre 49 brotes registrados en África entre 1976 y 2025 y compararla en una base de datos con 26 índices de oscilación climática, podría usarse como medio de vigilancia epidemiológica, capaz de detectar señales de alerta temprana que permitan identificar periodos y regiones en los que las condiciones meteorológicas podrían ser más favorables para la aparición de brotes. Ha sido publicado por la revista científica
‘Stochastic Environmental Research and Risk Assessment’, de la prestigiosa editorial ‘Springer Nature’.
Del Pacífico a África: tras una pista climática
Los científicos, en concreto, utilizaron estos datos hasta 2018 para construir los modelos y reservaron los años 2019-2025 para comprobar si podían anticipar nuevos brotes. Así, encontraron cuatro índices de oscilación climática especialmente relacionados con la distribución: índice de temperatura superficial del mar del Caribe (CAR)- que dejó de estar disponible después de febrero de 2020-, dipolo del océano Índico (DMI), oscilación cuasi-bienal de los vientos estratosféricos (QBO) y oscilación decanal del Pacífico (PDO), siendo este último el indicador o “señal” que apareció con más frecuencia y, por tanto, el factor macroclimático más importante del modelo.
“La interpretación que proponemos es que estas grandes oscilaciones modifican patrones meteorológicos, por ejemplo, las precipitaciones en el continente africano y, a través de ellos, se pueden alterar condiciones ecológicas que favorecen la aparición de brotes”, explica el catedrático de Zoología de la UMA Raimundo Real, uno de los autores de este trabajo.
En este sentido, el catedrático especializado en Biogeografía y Macroecología también de la Universidad de Málaga Jesús Olivero, otro de los firmantes del trabajo, aclara que esto no significa que estos indicadores climáticos remotos causen directamente el Ébola, sino que pueden actuar como “pista” anticipatoria de condiciones ambientales más próximas al fenómeno biológico.
“Para luchar contra las enfermedades infecciosas es muy importante contar con sistemas de alerta temprana. Para ello no basta con detectar pronto la existencia de casos de enfermedad, sino que es necesario anticiparse a ellos mediante la observación de factores de riesgo y nuestra herramienta predictiva puede ser clave para ello”, continúa Olivero.
Herramienta de vigilancia
Los investigadores estiman que la “ventana útil” de estas grandes oscilaciones climáticas sería de seis a doce meses antes de un posible evento, por lo que su capacidad de anticipación es aún limitada y habría que seguir trabajando en esta línea de estudio para poder considerarlas un sistema predictivo autónomo.
No obstante, plantea un primer avance como herramienta de vigilancia que permite activar medidas de preparación cuando las condiciones climáticas indiquen un incremento del riesgo, identificando periodos y lugares que merecen una mayor atención epidemiológica.
El estudio de la biogeografía de la fauna centroafricana
Este equipo científico de la UMA, entre los que se encuentran también los investigadores de la Facultad de Ciencias Miguel Ángel Farfán y Ana L. Márquez, lleva ya más de una década trabajando en el estudio de la
distribución del virus del Ébola en África, en busca de obtener un mayor conocimiento de los mecanismos de transmisión de esta enfermedad, así como en el análisis de la aparición de
nuevos brotes.
El Ébola es una enfermedad zoonótica, es decir transmitida al ser humano por animales. Cuando ocurrió la epidemia de 2014, estos investigadores de la UMA ya llevaban un tiempo analizando la biogeografía de la fauna centroafricana y las formas como el ser humano interacciona con ella a través de la caza. “Puesto que esta misma fauna es parte del ciclo zoonótico del Ébola, decidimos aplicar lo que habíamos aprendido al estudio de esta enfermedad y descubrimos que teníamos mucho que aportar”, explican.
Con este último proyecto se aporta una nueva perspectiva sobre el modo en el que los brotes de enfermedades infecciosas no dependen de un único factor: la interacción entre clima, ecosistemas, distribución de especies y condiciones locales puede generar “ventanas temporales” en las que la aparición de un brote resulte más probable. “Identificar esas ventanas con antelación podría ofrecer a los sistemas sanitarios un margen adicional para prepararse y nosotros aspiramos a construir un ‘observatorio’ capaz de emitir predicciones de riesgo actualizadas basadas en la fauna, la deforestación, el macroclima y la meteorología local”, concluyen.
El trabajo se integra en el proyecto ‘Patogeografía espacio-temporal de las zoonosis mediadas por vertebrados voladores’, cofinanciado por los Fondos Europeos de Desarrollo Regional (FEDER) y gestionados por el Ministerio de Ciencia e Innovación y en el proyecto PPRO-RNM262-G-2023 de la Universidad de Málaga, financiado por la Junta de Andalucía y el FEDER. También ha recibido el apoyo del Centro para la Investigación Forestal Internacional (CIFOR) a través de un contrato de Transferencia de Resultados de la Investigación.