¿Qué ocurre después de la muerte? Un estudio internacional liderado por la Universidad de Granada (UGR) en el que participan los investigadores del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), Ana Mateos y Jesús Rodríguez, sostiene que esta pregunta, ignorada durante años por las ciencias ecológicas, ayuda a comprender numerosos procesos y aporta nuevas perspectivas a diferentes disciplinas.
El estudio, publicado en la revista
Biological Reviews y desarrollado por un equipo internacional de 39 investigadores adscritos a instituciones científicas de once países, sintetiza más de veinte años de avances sobre la ecología de la carroña. Los autores analizan qué gana la ciencia cuando incorpora la carroña a su forma de interpretar la naturaleza, desde el comportamiento individual de los animales hasta el funcionamiento de los ecosistemas y la evolución del propio ser humano.
Según los académicos, la carroña ha sido tradicionalmente considerada un recurso secundario consumido solo por algunas especies concretas, como buitres y hienas. Sin embargo, los estudios recientes muestran que desempeña un papel mucho más amplio y profundo.
“Los cadáveres animales generan puntos de concentración de nutrientes, organismos e interacciones biológicas que influyen fuertemente en la estructura y el funcionamiento de los ecosistemas terrestres y acuáticos”, explica Marcos Moleón, profesor del Departamento de Zoología de la UGR e investigador de este trabajo.
Una nueva perspectiva para la ecología
La carroña permite reinterpretar algunas ideas fundamentales en ecología. Por ejemplo, los firmantes del artículo revelan que existen numerosas formas de cooperación y facilitación mutua que dan lugar a la coexistencia de las especies que compiten por este recurso.
También destacan que influye en las poblaciones de herbívoros, contribuye a la estabilidad de los ecosistemas e incluso establece conexiones con redes ecológicas tan dispares como las de polinización, mediante relaciones que van mucho más allá de quién se come a quién.
Aparte de ser una nutritiva fuente de alimento, los cadáveres animales proporcionan materiales para la construcción de nidos, herramientas y ornamentos, funcionan como centros de información y comunicación entre individuos de la misma especie, y sus restos ofrecen estructuras donde numerosas especies pueden asentarse y refugiarse.
“Estamos descubriendo que muchos procesos ecológicos no pueden comprenderse plenamente si se ignora el papel de la carroña”, explica Eneko Arrondo Floristán, investigador de la UGR que coordina este trabajo junto a Marcos Moleón. “Al estudiar los animales carnívoros, durante décadas, nos hemos fijado sobre todo en su faceta depredadora, pero ser carroñeros acarrea consecuencias ecológicas de gran alcance”, añaden los científicos.
Las implicaciones de la carroña trascienden la ecología. En ciencias forenses, conocer con detalle los procesos de descomposición mejora la estimación del tiempo transcurrido desde la muerte. En epidemiología, analizar cómo diferentes especies utilizan los cadáveres ayuda a entender el papel de los carroñeros a la hora de reducir la propagación de enfermedades. En toxicología, determinadas especies carroñeras funcionan como excelentes centinelas de la contaminación ambiental.
Evolución humana en clave alimentaria
La ecología de la carroña aporta nuevas herramientas para interpretar yacimientos arqueológicos y fósiles, comprender la evolución de los animales y replantear algunas hipótesis sobre el consumo de carne por parte de los primeros humanos.
Y es que más allá de ser un comportamiento fundamental para los primeros homínidos, los humanos siempre han recurrido al carroñeo regularmente como una forma más, y muy eficiente, de obtener alimento, complementaria a la caza y al aprovechamiento de recursos vegetales.
En este sentido Ana Mateos recuerda que “los humanos estamos anatómica, fisiológica, comportamental y tecnológicamente adaptados desde nuestros orígenes para ser eficientes carroñeros porque la gran ventaja del carroñeo es que requiere mucho menos esfuerzo para obtener el alimento que la caza”.
Por su parte, Jesús Rodríguez añade que “hoy sabemos que la carroña es más predecible de lo que se pensaba y suele estar más disponible precisamente en las épocas del año en las que otros alimentos alternativos son más escasos, por lo que sería un recurso clave para los homínidos ante los periodos de hambruna”,
Un cambio de paradigma
La principal conclusión del trabajo es que la carroña no debe entenderse como un recurso marginal, sino como un componente central de los ecosistemas. El carroñeo ofrece nuevas perspectivas sobre el análisis de la percepción social de los animales carnívoros y los beneficios que los carroñeros proporcionaron a los antepasados del ser humano, y que siguen proporcionando a las sociedades modernas.
Este tipo de estudios brindan nuevas soluciones a problemas relacionados con el seguimiento y conservación de la biodiversidad. Por ello, los autores proponen reconocer formalmente la ecología de la carroña como una disciplina científica diferenciada y presentan un marco conceptual que integra sus múltiples funciones ecológicas y su conexión con otras disciplinas.
“Lo más importante no es solo que hoy sepamos mucho más sobre la carroña que hace veinte años”, señalan los autores. “Lo verdaderamente relevante es que estamos empezando a comprender hasta qué punto incorporar la carroña transforma nuestra visión del mundo natural y puede ayudar a responder preguntas fundamentales que hasta ahora permanecían incompletamente explicadas”.
Lejos de ser una simple anécdota biológica, la carroña emerge así como una pieza clave para comprender mejor la naturaleza y conectar disciplinas que durante mucho tiempo han avanzado por caminos separados.