Los espacios colaborativos o de
coworking han surgido como una alternativa a los lugares de trabajo tradicionales. Impulsados por la pandemia de covid-19 y en paralelo al
auge del teletrabajo, están ganando cada vez más presencia en las ciudades y también, en las zonas rurales, donde son prometedores para la participación comunitaria y el desarrollo local, pero también se enfrentan a desafíos como la financiación y la viabilidad a largo plazo.
“En un entorno urbano, los espacios colaborativos suelen tener mucha rotación, cada día hay nuevos usuarios con distintos perfiles. Eso puede generar oportunidades, pero hace que el
espacio sea más impersonal y que sea difícil construir relaciones duraderas”, explica
Jorge Arturo Villarreal-Valtierra, autor principal de la investigación y estudiante de
doctorado de la Universitat Oberta de Catalunya (
UOC), con el programa interuniversitario de
Administración y Dirección de Empresas.
En los espacios rurales, la
dinámica es más cercana, ya que los usuarios suelen ser los mismos, se conocen entre sí y esto facilita organizar actividades, colaborar y ajustar el espacio a necesidades locales, según Villarreal-Valtierra.
Para analizar cómo el
coworking rural se adapta a los modelos de financiación, sus estrategias de sostenibilidad y de qué forma se integra en la comunidad, el investigador ha elegido dos contextos regionales muy diferentes:
Cataluña y Renania-Palatinado, un estado federado alemán.
“Al analizar ambos territorios, encontré un contraste muy interesante: en Cataluña predominan los espacios privados con estrategias híbridas, mientras que en Renania-Palatinado muchos espacios son públicos y dependen de subvenciones.
Dos modelos muy distintos, aun cuando las dos regiones tienen acceso a subvenciones comunitarias por medio del
programa LEADER”, señala el autor, cuya tesis dirigen
Julie Wilson, una de las coordinadoras del grupo de investigación de Nuevas Perspectivas de Turismo y Ocio (
NOUTUR), y
Carles Méndez, del grupo de investigación interdisciplinar sobre las TIC - Laboratorio de Inteligencia Artificial (
i2TIC-IA Lab). Ambos son profesores de los
Estudios de Economía y Empresa y coautores del estudio.
Financiación mixta y dinamizador rural
Para el análisis, el equipo investigador utilizó
cuestionarios dirigidos a gerentes de estos espacios y también realizó
entrevistas con representantes de asociaciones de
coworking en España y Alemania. En total, se incluyeron diez casos: cinco en Cataluña y cinco en Renania-Palatinado.
“Aunque podría parecer que disponer de una gran subvención inicial sería la solución ideal, la investigación muestra que no existe un único modelo ganador –destaca Villarreal-Valtierra–. Lo que mejor funciona es un
modelo diversificado, que combine algo de financiación pública, inversión privada y aportaciones de los usuarios o actividades propias”. El investigador pone un ejemplo: un espacio alemán que se inició con una pequeña subvención y que subsiste en la actualidad gracias al apoyo de patrocinadores
locales y asociaciones.
En cuanto a la
integración con la comunidad, en Cataluña el
coworking se enmarca como un activo compartido y cultivado a través de eventos y asociaciones culturales del pueblo. En cambio, en Alemania, la integración es más parcial e indirecta, con una menor colaboración con el vecindario.
“Lo que más me sorprendió fue la enorme
diferencia cultural. En Cataluña, muchos de estos espacios privados funcionan como pequeñas comunidades: se comparten recursos, surgen amistades e incluso proyectos empresariales”, resume el investigador.
Espacios más sociales y colaborativos en Cataluña
Respecto a las estrategias de
sostenibilidad a largo plazo, la investigación –adscrita al centro
UOC-DIGIT– muestra que en ambas regiones están muy ligadas a las fuentes de financiación. Mientras que en Alemania la viabilidad es más dependiente del apoyo municipal, en Cataluña se muestran más resilientes, al recurrir a fórmulas como las cooperativas para acceder a nuevas fórmulas de financiación.
“En Renania-Palatinado existe cierta desconfianza sobre su futuro. Algunas asociaciones creen que muchos espacios no serán sostenibles y que, en pocos años, la solución pasará por
espacios automatizados sin personal. Esta visión contrasta fuertemente con Cataluña, donde el espacio colaborativo es
más relacional y social”, compara Villarreal-Valtierra.
De hecho, en Cataluña,
pasada la pandemia, la mayoría de espacios siguen activos gracias a su conexión territorial y a la diversificación de actividades, como eventos,
coliving o alianzas con asociaciones, enumera el autor. Sin embargo, en Renania-Palatinado muchos espacios nacieron entonces con ayuda pública y ahora deben sostenerse solos. “La clave sería conectar más con la comunidad y contar con gestores capaces de adaptarse a las necesidades de la comunidad”, plantea.
El
siguiente paso será analizar cuántos de estos espacios colaborativos siguen activos y qué estrategias han funcionado realmente a largo plazo. “También queremos incorporar la visión de los responsables políticos, que hasta ahora no ha sido analizada directamente”, añade el autor.
Por ejemplo, en Renania-Palatinado se encontraron con casos en los que los nuevos gobiernos municipales se posicionaron en contra de mantener los espacios colaborativos porque no generaban beneficios económicos directos y los percibían como un gasto innecesario. “Entender estas posturas es clave para poder proponer
políticas públicas más realistas y sostenibles, posiblemente incluso una línea de financiación específica para espacios colaborativos rurales que tenga en cuenta su valor social y comunitario, más allá del beneficio financiero inmediato”, concluye.
Esta investigación se enmarca en la misión de investigación de la UOC Transición digital y sostenibilidad y favorece los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) de la ONU: 8, trabajo decente y crecimiento económico; 9, industria, innovación e infraestructura; 10, reducción de las desigualdades, y 11, ciudades y comunidades sostenibles.
Investigación con impacto y vocación transformadora
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